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viernes, 14 de agosto de 2026

Sara Perche Ti Amo

11 de julio

Otra vez un bar. ¿Cómo llegué aquí?

Estoy sentado en la barra. Es sábado, tercera o cuarta semana de julio. Serán pasadas las diez de la noche. Hay una algarabía reconfortante, sosiega los tormentos y tribulaciones que tuve en el día. Horas atrás, fui cuestionado al menos en cinco ocasiones. No llegué a salir airoso en ninguna de ellas. No sé qué pretendía realmente. Ahora mismo, tampoco sé qué es lo que pretendo. 

Fueron días lectivos, intensos; desafiantes sin duda. Tuvimos una serie de evaluaciones a partir del jueves. Había razón más que suficiente para celebrar entre todos quienes estábamos en la promoción. Un desarreglo sano para oxigenar las tensiones que hubo durante la jornada, un espacio para tirar la talla, recibirla con gracia y viceversa. Una suerte de amnistía para dejar en stand by cada una de nuestras obligaciones individuales. 

Pero el jolgorio menguaba, iba extinguiéndose perceptiblemente; después de varias copas ambarinas. La mayoría quería irse a descansar. Algunos eran llevados a rastra, demasiado extasiados para volver por su cuenta. Qué risa me daba. Aun así, podía ya intuir la antesala a la despedida, el término de una noche que prometía desvelos encantadores, evasiones de ensueño. Era algo criminal. Terminar todo tan temprano, cuando el amanecer estaba ahí para ser cazado, ¡sólo al alcance de unas pocas horas!

Así que por eso estoy aquí. Voy haciendo memoria. Antes de llegar al puente, entré casi por inercia al bar que había frecuentado en otras oportunidades, junto a otras amistades, en otro tiempo. Qué lejano se hace todo. Es como estar en otro planeta. El prisma del pasado muta, te engaña, juega contigo. La nostalgia, lejos de entregarte un regocijo en donde esconderte, deja en evidencia el sinsentido del presente, del ahora. La ilusión de que todo era mejor tiempo atrás, termina materializada en un muro impenetrable que no te permite ver más allá. Quizás exagero. ¿Cuántos tragos llevo?

No, el ambiente no ha cambiado. Che confusione, sarà perché ti amo, canta Ricchi e Poveri. Prefiero esta versión, la italiana. A mi izquierda, conversan distendidamente dos alemanas, o francesas. No lo tengo claro. No hago contacto visual. No entiendo gran parte de lo que dicen. Mi francés es malo, se reduce a un par de palabras que escuché en una película de Disney. Del alemán, ni hablar.

Me pierdo por instantes en las orillas de mi vaso.

Los filtros para esta carrera deben ser mejores, dijo alguien esta mañana en la sala de clases. Qué rabia. Y qué cierto, también. ¿Por qué me sentí aludido inmediatamente? Tocó una fibra, sí. Definitivamente. Fue ponerme en evidencia, revelar una cierta impostura que llevaba tiempo escondiendo. Una performance expuesta. El mago siendo desenmascarado. Van quedando pocos trucos bajo la manga.

El disfraz se cae a piezas, una a una. Y voy hundiéndome en este almíbar destilado. 

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