Perseguía cometas en el cielo, después de llegar del trabajo. Cuando el atardecer se hacía presente y aparecía por la puerta principal, nos saludaba a mamá y a mí con una sonrisa en el rostro. Después de intercambiar un par de palabras con nosotras dos, se dirigía a las escaleras y las subía a toda prisa, tropezándose siempre con algún peldaño en el camino. Con mamá nos reíamos y agradecíamos (no estoy muy segura a qué) esa torpeza tan característica suya. Nos hacía felices.
Al rato bajaba, un poco más calmado, con todo preparado para salir, con todo lo necesario para perseguir aquellos astros y a sus destellos esquivos. Antes de irse, nos abrazaba con fuerza y prometía a viva voz que, cuando atrapase a alguno, ojalá a unos cuantos; todo mejoraría, todo sería distinto.
Yo no entendía las razones que motivaban esas promesas que hacía mientras salía por la puerta. Vivíamos bien, nos sentíamos plenos, completos. No podía entender esa imperante necesidad de un cambio, de algo mejor de lo que teníamos. ¿Por qué te esforzabas tanto, papá? De verdad que no lo entiendo.
¿Por qué nunca volviste a aparecer? ¿Por qué te fuiste esa noche? ¿Nos dejaste por tus cometas y fantasías? ¿Siquiera existieron alguna vez? Cuando anochece, miro al cielo y me pregunto todo eso. Cuando un cometa aparece me entran ganas de llorar.
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