I.
Miro los veranos de playa. La cruz y los tres milenios coronando el horizonte. A lo lejos, el mar florecido. Más cerca, mis papás y las gaviotas graznando desde el azul marino.
Y yo, abrazado a los brotes de nuestro quitasol; comiendo palmeritas de arena, armando castillos de azúcar.
Me acerqué como las pulgas, pequeños saltos; rehuyendo los ojos de las setas violáceas, monstruosas jaleas.
No quería ir, el mar me aterraba.
II.
Éramos mi mamá y mi hermana pequeña. De pie en la sala blanca, y sus destellos inertes; enredados de la mano, los rostros marchitos, cargados de otoño y de silencio.
Al medio una cama y mi abuelo enterrado bajo mantos estériles. Yacía ahí, como encarnado en una pequeña nuez, o bien una pasa cuidadosamente arrugada.
El hombre de nácar recetaba oraciones; a mi mamá un pequeño consuelo, a nosotros dos, mariposas y una leve sonrisa.
Recuerdo que salí, no sentí mucha pena.
III.
Nos invitaron a pasar a su casa, colgada en lo alto de la colina. La familia desayunaba; los abuelos, los nietos y su hija. No queríamos interrumpir; pero la insistencia fue dulce, fresca; un regalo de la primavera tardía; los acompañamos.
Sobre el roble despertaban los sabores, aleteaban los aromas. El campo respiraba en todas partes. Y el hambre tímidamente sosegada, arropada; cubierta por un manto y constelaciones de ciruelas.
Y oía que los nietos proferían esa hilera de anhelos, urgentes suspiros; sobre el deseo de irse y las siembras en otras tierras.
No entendía. ¿Por qué alguien se iría de allí?
IV.
Conocí la nieve, pálida y desabrida. Mis manos ardían cuando guardaba un puñadito en los bolsillos.
Se las debía al último padrenuestro; se había portado bien conmigo.
Si no lo hacía, pensaba, toda la nieve y el cielo se quemaría.
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