Me gustaría perderme en el metro por un día.
Caminaría a la estación más cercana, apagaría el teléfono, subiría al primer vagón que apareciera frente a mí, iría hacia las puertas opuestas, esas que casi nunca se abren; apoyaría mi espalda en ellas, como atraído por la fuerza invisible de un imán; le daría play a todos esos álbumes que juré escuchar completos, de inicio a fin; aunque ya en ese instante no tendría cómo, si minutos antes habría decidido apagar mi teléfono. Entonces, sólo me entregaría al viaje y dejaría que la inercia me llevara a través de los rieles, a través de las infinitas venas y arterias de esta ciudad que, por algún motivo, no me ha querido soltar todavía.
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