No sé su nombre.
Vamos en el mismo bus hacia la ciudad de Santiago. Lleva el asiento 13, yo el 14.
Recuerdo haberla visto minutos antes en el terminal. Mientras caminaba entre los andenes sin una idea fija, la vi pasar con una maleta enorme. Iba a toda prisa, poseída por los delirios de alguna urgencia. En un inicio, no le presté mayor atención. Desde pequeño, siempre me ha inquietado el apuro o la impaciencia, sobre todo cuando estas cosas se mezclan y no soy capaz de distinguir cuál es cuál.
Creo que pasó enfrente mío al menos unas tres veces. Desde el punto A al punto B, luego del B al C, de este último al A nuevamente. Ese ir y venir, volver y devolverse, salida y regreso; comenzaba a inquietarme. Por mucho que tratara de pensar en otro asunto, era irremediable preguntarse, ¿esperaba a alguien? ¿era una forma personal de combatir el tiempo? ¿o se trataba más bien de un impulso difícil de controlar? Podría ser eso, sí, pero también cientos de otras cosas. De todas formas, pensé, no me correspondía a mí saberlo. Faltaban diez minutos para la llegada del bus. Me dirigí al andén 8.
Me encontraba en la fila para cargar el equipaje. El frío entumecía la espera. Eran las últimas salidas del día. El terminal se vaciaba, volvía a llenarse, y viceversa. Podía intuirse el círculo virtuoso del viaje, un intercambio de despedidas y bienvenidas, abrazos en constante órbita, besos y caricias fundiéndose en los cielos de una noche estrellada; y para quienes esperábamos en soledad, adivinábamos el guiño de una luna sonriente en lo alto, perdidos en la búsqueda cósmica de anhelos y estelas fugaces.
El hechizo se rompía, la realidad ejercía nuevamente su fuerza de gravedad. Ahí estaba ella, casi al final de la fila, la aparatosa maleta, cuatro ruedas impacientes. Necesitaba ayuda, o eso me pareció al principio. Siempre tiendo a dudar en estas situaciones. Algunas veces la ayuda puede percibirse invasiva, bruta; una demostración accidental de superioridad. A veces me resulta más fácil engordar la vista, no intervenir, dejar que otras formas de auxilio puedan manifestarse. También, siempre tiendo a encontrar la excusa perfecta.
Mi huida se materializó tarde, porque ya estaba preguntándole si podía ayudarla un poco. Y no hubo dobles lecturas de su parte, tampoco una pugna inmediata de superioridades. Accedió simplemente, con un leve e imperceptible asentimiento.
¿Qué asiento llevas?
…
Me dijo que buscaba a su padre. Se habían prometido mutuamente unos días de vacaciones, lejos de lluvias no anunciadas, de cielos grises, noches ciegas. Fue idea de él, una manía suya para pagar ausencias, omisos cariños, culpas permanentes. La gran ciudad prometía un escape, una distracción que ya iba constantemente postergada. Había sido un año difícil para ambos, desprovisto de las alegrías necesarias para ir resignificando su vida. La promesa y el viaje caían oportunos.
Perdida en el paisaje, torciendo las mieles de sus cabellos, callaba de pronto. Y me equivocaba, sentenció quedamente rato después. En el día acordado, hora y lugar, su padre no apareció.
Comenzaba a entender. Los vaivenes en el terminal, la desesperación en su semblante, sus aires resignados momentos antes de subir. Las piezas encajaban, aunque no supe bien qué decir, cómo seguir la conversación. ¿Dónde había ido su padre? ¿Por qué ella se había subido de todas formas? ¿Acaso pensaba ir de ciudad en ciudad hasta encontrarlo? La idea se dibujaba absurda, no importaba el lienzo con el cual se mirase.
Cruzamos miradas. Parecía adivinar todo lo que estaba pensando. Creo que la mayoría de las veces resulto ser una persona muy evidente. Por un momento, la canela de sus ojos me cortó la respiración. No sé dónde está, dijo en una flor de suspiros. Tampoco sé si realmente quiero encontrarlo. Es sólo que, no quiero esperar más.
Seguimos hablando un poco más. A ratos, el bus aceleraba, desaceleraba. El auxiliar pasaba comprobando nuestros cinturones. Las luces se apagaron. Daban una película por la pantalla, no podía leer los subtítulos. Dormíamos a un ritmo de carretera. Sentí su cabeza sobre mi hombro. Quizá lo soñé.
Por la mañana, el asiento 13 estaba vacío.
No supe su nombre. Tampoco pregunté.
Todavía hoy me pregunto si soñé otras cosas.
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