5 de marzo
Martes por la mañana. Llegué hace dos días al
Nacimiento del Biobío. No hay mucha gente, para la mayoría de las personas el
verano terminó la semana pasada. Casi todos los sitios están vacíos, cubiertos
por un manto de silencio. Y es precisamente lo que buscaba, una desconexión
tardía. Me instalé en el camping, en el mismo sitio de las veces anteriores, bajo
las sombras del gran sauce. Este sauce no llora, apenas se mueve, como si
estuviera sumido en un sueño centenario. Dulce envidia. No sé cuántos días me
quedaré, hasta que empiece el frío, supongo; o hasta que me quede sin qué
comer; o hasta que acabe el único libro que traje conmigo, uno de Pedro Mairal.
Alguien pesca en el río, nos saludamos con la cabeza. Yo busco aves. Mirlos, martines, rayaditos, raras, loicas; guardianes de los confines del nacimiento. Por las tardes, monto la carpa y espero la noche, a las constelaciones, no me las sé todas. Aparecen en el cielo las primeras estrellas. Gradualmente, el río se transforma en una proyección del universo, en un caudal que encauza galaxias y nebulosas hacia un mar que se me antoja ficticio. Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre. Comienza a hacer frío.
20 de junio
Submarina. Es la palabra en la que pienso al recordar las olas quebrándose en La Herradura. Ya es mucho tiempo desde la última vez, no recuerdo cuánto. Son días cálidos, ahora quiméricos, lejanos, como sacados de un sueño. A ratos, recuerdo los cielos despejados, sin retazos de nubes recientes; el sol en lo alto, una omnipresencia cegadora; y la cruz enorme, edificada sobre los relieves escarpados del horizonte. Extraño esos instantes, llegan a contrastar con este trance gris y tormentoso que parece no tener fin. Miro desde la barra los mosaicos en el ventanal y es como si un mar pulverizado cayera incesante sobre ellos, una playa boca arriba. Me gusta esa frase, la escribo aquí para que no se me olvide. Mientras lo hago, me sacan del ensueño, preguntándome si tomaré algo más, a lo que respondo que no, como recién despertando, y pido la cuenta. Vuelvo a sumergirme. Aparece la arena que se te mete por todas partes. También me maravillo con esa prestancia despreocupada de los albatros al volar, los vigías de las costas armoniosas. Busco en las burbujas de la orilla pulguitas de mar. ¡Qué pequeñas son viéndolas correr sobre mis manos! Y recuerdo además esas idas con mi papá hacia el roquerío, “donde los cangrejos”, aunque ese año ya no se ve ninguno. Todavía hoy me pregunto dónde se fueron. Llega la cuenta, y con una sacudida despierto de nuevo. Pero casi sin querer, vuelvo a esos veranos cuando me cruzo con los ojos de la barista. Son de un color azul marino, al menos infinito. Pienso que podría llegar a ahogarme en ellos, perderme para siempre en su inmensidad insondable, convertirme en un ser de las profundidades. Submarino.
7 de mayo
Casi al mediodía. Llevo poco más de una hora en el Aeropuerto Balmaceda. El día de hoy promete ser de lo más anodino. Desearía estar en cualquier otra parte, lejos de esta espera asfixiante. Algo pasó con mi vuelo, se atrasó o no pudo salir por el mal tiempo, contra todo pronóstico. Algo así decían por los altavoces, no les presté mucha atención. Sólo me resigné. Afuera el gris lo envuelve todo, nos tiene sitiados. Huele a café recalentado, endulzado y con un ligero toque a sobreprecio. Un ambiente de lo más acogedor. Por ahora, sólo me limito a escribir, para matar el tiempo, revivirlo, extenderlo y matarlo nuevamente. Es una muletilla constante, un tic imperioso.
Algo cambia en el ambiente, se oye una ligera conmoción. Veo cómo algunas personas se acercan al ventanal. Algo pasa afuera. ¿El avión? No lo creo, sería evidente. Estoy a punto de pararme hasta que por fin me doy cuenta y veo los copos de nieve, miles de ellos, desintegrándose contra el cristal. Imagino su minúsculo crujido, cómo se contraen cada una de sus partículas, sus átomos. Trato de guardar este instante por siempre, mientras los altavoces anuncian por segunda vez que el avión tardará otra hora más en llegar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario